Acude aquí en la noche
aquella música
en la que dejaste un sentido tuyo
como de polvo provinciano,
Música a la que se adhirió tu nombre,
a la que diste una forma violeta,
una tristeza desprendida
desde la esquina de una tarde de lluvia de tu pueblo;
tu pueblecito aquel: Santiago en humos,
en ópalos de adioses y de fiebres,
y de fruta enigmática,
a donde acudo a veces
a recoger el zumo de una estrella.
Ya nada está como antes.
Lo único que persiste es que tampoco te amo.
Pero entonces podía
no amarte y ser el arco del Amor,
mensajero de flechas azules
y de pájaros blancos
en tus hombros hambrientos de belleza.
Y yo recuerdo el día de tu beso
y todas las auroras de tu rostro
y el sonido de tu alma
y el árbol ebrio y súbito en tu pecho.
Ahora mi soledad no tiene flechas ni pájaros:
ya nada existe,
y todo suena a que hubo siempre nada.
Acaso fui sólo una sonrisa caída en tu tristeza,
pero inútil de nieblas.
Inútil para las dulces tardes de tu pueblo con lluvia
en una esquina quieta
de amigos que se fugan
en la lluvia ciertamente seria del tiempo,
donde los parques tibios de Santiago pequeño
tienen arrugas por barrer.
Y, sin embargo,
a donde está la vida cayéndome en derrotas,
en ruinas hoscas, en palomas grises,
en la nada concreta...
llega ahora tu música: a mi celda,
y es de noche;
me trae tu nombre,
el polvo azul del pueblo,
las horas inefables de aquellos días...
y empieza a arder su ternura de lámpara el recuerdo
que cae entre la música y tu nombre y el tiempo,
como lluvia interior que arrastra y mezcla
mi júbilo en tus hombros,
los lugares,
los días anchos y rubios,
los amigos que apagan sus nombres...
y todo con perfiles de agua diluyéndose
entre los tintes violetas de las tardes
y las esquinas rotas de tu pueblo.