Con bastante frecuencia aparece una nueva
versión sobre el supuesto fallecimiento del tirano Fidel
Castro. No es difícil imaginarse de dónde y con qué propósito se
originan esas falsas noticias. Es el clásico termómetro, de una
parte, y de otra el marcado interés de ir acondicionando la
mente de la población a la desaparición física de la “Momia de
la Sierra Maestra”, o el “Dinosaurio en Jefe”, como mejor se le
quiera llamar.
Los de la camarilla gobernante, esos que como
polluelos trasnochados han vivido bajo el ala de la gallina
clueca que los adoptó, ante la inminente orfandad que se les
viene encima andan como un susto de muerte en la garganta. Es el
temor al fantasma de las cárceles, donde irán a parar por sus
perversidades. El temor a la justicia que tendrán que enfrentar,
donde no habrá ventanas con flores amarillas en su postrer
caminata por las calles, sino cintas de alambradas de espino
destrenzadas. Y alegría en las arterias, no por la caída
estrepitosa de la dictadura ni por el dolor de los vencidos,
sino por la resplandeciente luz de la libertad y el fértil
renacer de la esperanza.
No se imaginan los fabricantes de rumores,
algunos de ellos tan bien condimentados como el clásico arroz
con pollo de la Cuba de antes, que a sus métodos
distorsionadores los conocemos tan perfectamente que no es fácil
que nos confundamos. Además, no hay razón para bailar al son del
compás carnavalesco de los creadores de esa burda orquestación
de música fugaz, con muletas y vestida de andrajos, que con
disfraz de cha-cha-cha cada cierto tiempo, en bandeja de plata,
nos envían desde La Habana.
Y es que probablemente no se han dado cuenta
de que con perro o sin perro el resultado va a ser el mismo en
un plazo muy breve. Para la libertad de Cuba ya es hora y eso lo
sabe el pueblo de la Isla y también lo sabemos nosotros los
cubanos del exilio. Poco importa si ya envolvieron con gasas a
la momia y la mantienen en una gaveta de rojo terciopelo, o si
todavía respira, balbuciente, dentro de una cámara isobárica.
El crujido de las cadenas que se rompen ya
está en todos los oídos. No es la moribunda tiranía un ave fénix
que surgirá victoriosa de entre las cenizas, porque no es
cenizas sino estiércol viscoso lo que apresa sus alas. Son
cadenas herrumbrosas, eslabones de miseria, y de sangre que
atan a su triste destino a aquellos que por ignorancia o por
maldad confundieron el sentido de la democracia y la paz de la
nación, con la prepotencia, el atropello, la desenfrenada
corrupción, la vileza y el crimen.
No. No importan la mala intención, ni las
manipulaciones de la información de quienes perversamente
pretenden una continuidad sin límites en el goce de los
privilegios con que han sido premiadas sus grotescas fechorías.
Las puertas del basurero de la historia ya están abiertas,
abiertas de par en par, para dar paso al cortejo fúnebre de la
andrajosa revolución de los hermanos Castro y comparsa.