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50 AÑOS MÁS TARDE Por Ernesto Diaz Rodríguez Secretario General de Alpha 66
Si hacemos una seria reflexión sobre las
consecuencias que el experimento comunista ha traído a Cuba, no nos será
difícil comprender que la revolución de Fidel Castro fue lo peor que pudo
haber ocurrido en nuestro país. Sin embargo, aún así no hay forma de que
pueda justificarse el golpe de estado de Fulgencio
Batista, en 1952, a sólo unos meses de las elecciones
constitucionales. Fue este un acto de desvergüenza política, desde el
punto de vista que se utilizó la violencia no para defender un derecho
civilista sino para asaltar el poder e imponer, motivado por ambiciones
mezquinas, una humillante dictadura militar. Por entonces, a pesar de las
dificultades propias de una nación joven, nuestro país había conseguido un
desarrollo extraordinario, había paz y progreso en
la familia cubana y las instituciones democráticas estaban
encaminadas hacia una vigorosa consolidación. La
Constitución de 1940 es un ejemplo de ello. Una constitución
enmarcada dentro de los valores fundamentales
del hombre, con las posibilidades más amplias en la práctica de la
democracia y garantías plenas para el ejercicio y respeto de los Derechos
Humanos.
Hoy, al hacer un recuento histórico 50 años
más tarde, porque el desconocimiento no exonera de culpas, sería honrado
aceptar que el momento es de reflexiones objetivas y no de eludir
responsabilidades. No sólo fue el causante Fulgencio Batista, con su nefasto
asalto al poder el 10 de Marzo de 1952, probablemente sin calcular las
destrucción física y espiritual que esto traería a la Cuba que el ayudó a
reconstruir durante su legítimo período presidencial. En realidad, como
pueblo, desde un punto de vista generalizado fue un conjunto de errores lo
que propició a Castro el ascenso al poder.
Atrapados por el romanticismo y el deseo de
buscar soluciones a la tragedia del 10 de Marzo, los cubanos en sentido
generalizado ofrecimos el apoyo a lo que Fidel Castro proclamaba una
revolución nacionalista, verde como las palmas, en la que luego del triunfo
se convocaría a elecciones libres en un período de 18 meses. Muy poco o nada
conocíamos sobre la naturaleza de este siniestro personaje, ni sobre su bien
camuflada personalidad. Había surgido de la nada y tomado fama de la nada,
tal vez por su osadía del asalto al Cuartel Moncada, una acción valerosa
pero sin posibilidad alguna de éxito desde el punto de vista militar. Tal
vez por la ausencia, también, de un líder carismático entre los opositores a
Fulgencio Batista o porque creíamos sinceramente que el camino más corto a
la reinstauración de la democracia era a través de una revolución. En ese
esfuerzo muchos dieron su vida en acto de nobleza y de valor. La inmensa
mayoría eran muy jóvenes. Significaban el derecho a la libertad y un
esperanzador futuro de la Patria. Por eso es justo que con gratitud les
recordemos, que les rindamos20el tributo de admiración y respeto que
merecen. De la misma forma han de inspirarnos compasión y respeto otros
muchos jóvenes, mayoritariamente humildes en su condición económica, no
menos abnegados y valientes, que aunque con razones diferentes de lucha al
igual fueron víctimas de la violencia política y ofrendaron sus vidas con
buena intención.
Al hacer un intento por desentrañar si en
Cuba era necesario o no una revolución para expulsar a Fulgencio Batista del
poder, llego a la conclusión de que en ese instante no quedaban muchas otras
opciones. Fue el ejercicio de la violencia lo que generó la violencia.
Pudiera pensarse que el asalto al Cuartel Moncada puso fin a las
posibilidades de un arreglo pacífico, porque devolvió la humillación al
dictador militar al tratar de ridiculizarlo atacando a u na de sus más
importantes fortalezas. El crimen, por una y otra parte, se utilizó como
castigo o venganza al crimen. Lo que ocurrió después es historia conocida. Y
es historia de irracionalidad, historia conmovedora y triste. No sabemos si
el general Fulgencio Batista, luego de
haberse llenado los bolsillos hurtando parte del tesoro de
la nación, hubiese sido capaz de abandonar
el trono permitiendo al país regresar a un
sistema de derecho constitucionalista. Por sus actos, todo parece indicar
que sus intereses personales en ese instante estaban muy por encima de los
intereses de su pueblo oprimido. No sabemos si Fidel Castro, una vez
fortalecida su popularidad hubiese sido capaz de llegar a un entendimiento
que no fuera otro que el poder absoluto en sus manos. Por sus actos, nadie
puede dudar que no hay límites en sus ambiciones ni escrúpulos que pongan
bridas a sus viles acciones. 50 años de totalitarismo pueden ser la
respuesta. Medio siglo de tiranía, de crímenes, de noche carcelaria puede
ser prueba suficiente de su personalidad.
Lo que ocurrió en nuestro país no fue sólo un
golpe de estado y una traicionada revolución. Fue una lucha desafortunada
por el poder y el enriquecimiento ilícito de dos ambiciosos que siempre
serán manchas y significarán muerte y dolor en la historia de Cuba. Dos
hombres sin escrúpulos que arrastraron al abismo a una próspera nación y la
despojaron de riquezas, de alegría y de paz.
Ojala algún día cicatricen las heridas y
volvamos a tener una Patria como la soñó Martí:
“Con todos y
para el bien de todos”.
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