El que fuera un gran
periodista y
escritor, Ryszard
Kapuscinski, brindó
citas muy elocuentes
de las que ahora
seleccionamos
algunas. Primero,
una referida a lo
que hoy ocurre en
Rusia escrita por
Alexander
Solzenitsin: “El
régimen que nos
gobierna no es sino
una amalgama de
vieja nomenklatura,
de tiburones
financieros, de
falsos demócratas y
de KGB. No puedo
llamarlo democracia,
es un híbrido
repugnante que no
tiene precedentes en
la historia […] si
esta alianza vence
nos explotarán no
setenta sino ciento
setenta años”. En
segundo lugar, otras
citas que son
aplicables al
momento que vive esa
nación: Dostoievski
consignaba que
“Rusia ha vomitado
la bazofia con que
la alimentaban”,
Antón Chéjov apuntó
que “La vida rusa
machaca al ruso
hasta tal punto que
este no logra
reponerse” y Vasily
Grossman concluye
que “Rusia ha visto
mucho a lo largo de
sus mil años de
historia. Hay una
sola cosa que Rusia
no ha visto jamás en
esos mil años: la
libertad” (¿se puede
decir algo más
horrendo de un
pueblo?).
Cuando este proceso
mostraba su cara
putrefacta después
del derrumbe del
Muro de la Vergüenza,
escribí un artículo
en El Comercio de
Lima titulado “La
Rusia de las mafias”
donde señalaba los
peligros de
enmascarar la
libertad con las
cadenas de ladrones
de guante blanco (y
no tan blanco) donde
se sustituye el
comunismo con
agentes de la ex
nomenklatura jugando
al empresario pero
en verdad se trata
de monopolistas
favorecidos por el
aparato estatal.
Vladimir Bukovsky
-el más destacado
disidente junto son
Solzenitsin y
Sajarov- a quien
tuve el gusto de
conocer cuando lo
invité a pronunciar
conferencias en
Buenos Aires,
declara que “el
monstruo que crearon
nuestros
Frankensteins mató a
sus creadores pero
el está vivo, muy
vivo. A pesar de los
informes optimistas
de los medios de
comunicación
occidentales, que en
los años
transcurridos desde
entonces han
proclamado que Rusia
entró en la era de
la democracia y la
economía de mercado,
no hay evidencias,
ni siquiera
perspectivas, de que
así sea. En lugar de
un sistema
totalitario ha
surgido un estado
gangster, una tierra
sin ley en la cual
la antigua
burocracia comunista,
mezclada con el
hampa, se ha
convertido en una
nueva elite política,
así como en una
nueva clase de
propietarios”.
Bukovsky escribe en
su autobiografía
titulada To Built a
Castle My Life as a
Dissenter que “Miles
de libros se han
escrito en Occidente
y cientos de
diferentes doctrinas
creadas por los
políticos más
prominentes para
arribar a un
compromiso con los
regimenes
totalitarios. Todos
evaden la única
solución correcta:
la oposición moral.
Las democracias
mimadas de Occidente
se han olvidado de
su pasado y su
esencia, es decir,
que la democracia no
es una casa
confortable, un
automóvil elegante o
un beneficio de
desempleo, pero
antes que nada la
habilidad y el deseo
de defender nuestros
derechos”.
En aquél artículo
que escribí para
tierras peruanas
decía que los
tilingos de
Occidente celebraron
las políticas de
Gorbachov sin
percibir que se
trataba de una nueva
vuelta de tuerca
para implantar el
“verdadero
socialismo” tal como
el mismo lo proclamó
en su libro sobre la
perestroika que
muchos compraron
pero pocos se
tomaron el trabajo
de leer. Gari
Kasparov informa que
Valdimir Putin
celebra
insistentemente la
historia de la KGB y
elimina el debate
sobre Lenin porque
“hacerlo sería
decirles a los rusos
que han venerado
valores falsos” y
que en la
Universidad de Moscú
se tergiversan los
hechos más
importantes de la
historia soviética.
Ahora Putin procede
como el dueño de
Rusia y en una
parodia notable
cambia de posición
con un Presidente
títere pero es el
quien en estos días
ha convocado a una
ampulosa reunión a
los así llamados
“empresarios” más
prominentes para
impartirles
directivas de modo
prepotente, lo cual
aceptan quienes son
socios del gobierno
al efecto de poder
amasar fortunas
colosales al calor
oficial. También ha
sido llamativa la
forma arrogante que
se dirigió al Comité
Olímpico a raíz de
la pobre perfomance
de los deportistas
rusos en los Juegos
de Invierno en
Vancouver durante
este último mes de
febrero, evento para
el que el gobierno
(los contribuyentes)
gastaron tres
billones y medio de
rublos con lo que se
adueñan de los
atletas,
enrostrándoles con
indisimulada furia
que han desmejorado
grandemente desde
las competencias en
Turín.
Los rusos han
padecido el terror
blanco, luego el
terror rojo y ahora
el terror verde,
esto es, la angurria
por acumular dólares
en cuentas del
exterior a cualquier
costo y recurriendo
a chantajes, fraudes
y mercados cautivos
de diverso calibre.
Pobre pueblo ruso
que de tanto en
tanto se intenta
salvar por
personajes como los
corajudos disidentes,
y más recientemente
por periodistas como
la extraordinaria
Anna Polikovskaya,
asesinada a balazos
en un ascensor por
bandas
gubernamentales
porque denunciaba la
colosal corrupción
de Putin y sus
sicarios hambrientos
de lo que en esta
columna bautizamos
como “el terror
verde”. En Rusia,
durante los últimos
tiempos se
clausuraron
veintiocho
periódicos, se
arrestaron cuarenta
y siete periodistas
y se confiscaron
veintitrés
editoriales que
osaron criticar al
régimen.
La sociedad abierta
tiene como eje
central la libertad
para que los humanos
podamos estar a la
altura de nuestra
condición y
encaminarnos hacia
donde cada cual
juzgue pertinente.
No prioriza el
ingreso material,
esta es una de las
tantas consecuencias
de liberar la
energía creadora.
Nadie ha expresado
mejor que Alexis de
Tocqueville esta
idea básica en su
obra sobre el
antiguo régimen
francés: “De hecho,
aquellos que valoran
la libertad por los
beneficios
materiales que
ofrece nunca la han
mantenido por mucho
tiempo […] El hombre
que le pide a la
libertad más que
ella misma, ha
nacido para ser
esclavo” y Wilhelm
Roepke en su libro
sobre los necesarios
marcos
institucionales
subraya la
importancia de
alimentar el
intelecto al efecto
de evitar el
totalitarismo y
afirma que éste
“prospera más en
almas vacías que en
estómagos vacíos”.
Es de desear que
nuestros sufridos
hermanos rusos
tengan mejor suerte
que esta
kleptocracia en la
que se encuentran
sumidos, porque nos
retumba en la mente
el pensamiento de
Grossman antes
citado, para lo cual
es menester retomar
aquel atisbo de
reacción cuando, en
el siglo dieciocho,
dos rusos de la
Universidad de Moscú
(Ivan Trethyakov y
Semyon Desnitsky)
fueron a estudiar
con Adam Smith a
Galsgow y a su
vuelta congregaron
notables discípulos
y publicaron
medulosos ensayos
hasta que el régimen
zarista los expulsó
de los claustros
universitarios por “extremistas”.
Una misión de
funcionarios
bolivianos acaba de
regresar de Moscú
donde el embajador
en La Paz, Leonid
Golubev, destacó que
Bolivia “es ideal”
para construir una
estación de
lanzamiento de
satélites a lo que
agregó el anuncio de
un préstamo de 150
millones de dólares
al gobierno
“multicultural”, la
entrega de un avión
presidencial y el
equipamiento de las
Fuerzas Armadas
bolivianas. Mientras,
a principios del mes
pasado,
Vladimir Putin
se reunió con Evo
Morales en Caracas
oportunidad en la
que el primero
también anunció que
intensificará la
creciente ayuda
militar a Venezuela
(para regocijo del
bufón del Orinoco
que acentúa el
socialismo
empobrecedor y que
cada vez hace
mayores despliegues
en desfiles con sus
aviones modernos y
tanques recién
adquiridos a Rusia).
Según Yuri Yarmin
Agaev al derrumbarse
el sistema comunista
se reunió un grupo
de distinguidos
intelectuales que
estaban en su
mayoría en el exilio
y que tuvieron la
posibilidad de
influir sobre los
acontecimientos pero
fueron desplazados
bruscamente por la
espesa maraña de
burócratas del Fondo
Monetario
Internacional
quienes entregaron
sumas millonarias a
matones que
provenían de la
nomenklatura para
que se alzaran con
el poder. Ahora, en
la clandestinidad,
hay seminarios,
publicaciones y
reuniones para
debatir ideas
liberales que
constituyen una
esperanza a pesar de
la embestida de
Putin y sus
satélites del terror
verde.