EVIDENCIAS*
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*Ficha Técnica del
Presente*

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La Presidenta no convence y se está quedando
políticamente aislada. Apenas su marido y algún emisor ocasional
de mensajes peleadores la acompañan. El resto de los
representantes del oficialismo (y el conjunto del peronismo)
anhela un futuro con más pluralidad y menos declamación
querellante. En rigor, y off the record, ellos
creen que la guerra contra el mal es insensata y, además, está
perdida.
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El punto adquiere interés, porque Cristina agrega
cada día un torrente agresivo a la afligida actualidad. Es como
si quisiera torcer el destino llamando perros o buitres a sus
adversarios. Tanto empeño lleva a reflexionar acerca del
significado de ese mensaje, y de su encuadre en el discurso
político en general y en la larga tradición discursiva del
peronismo.
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Pero no se trata sólo de palabras. La semiótica
moderna ha cuestionado la premisa res non verba.
Ella nos enseña que las palabras y los gestos, los énfasis y las
entonaciones tienen la misma significación y rotundidad que
cualquier otro hecho colectivo.
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En esta serie, el discurso kirchnerista se acerca
y se aparta del de Perón. Como éste, Kirchner también llega
desde otro lugar: es un pingüino venido del Sur. Cuando llama a
la transversalidad o, en raras coyunturas, apela al conjunto de
los argentinos, roza a Perón. Y se aleja de él cuando el
enfrentamiento con los contradestinatarios absorbe todas sus
energías discursivas hasta convertirse en el motivo excluyente
de la enunciación. La joven investigadora Ana Montero condensa
muy bien este rasgo, al decir que el discurso kirchnerista "está
absolutamente habitado por las voces de sus adversarios".
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Resta considerar el tema de las fronteras. Toda
facción política, dirán los analistas de discursos, debe trazar
una línea para diferenciarse de sus oponentes. Con decisivas
gradaciones, en política siempre hay una pugna entre "ellos" y
"nosotros". El abuso de esta distinción es un rasgo de nuestra
historia, que Perón intentó subsanar cuando agónicamente declaró
que para un argentino no puede haber nada mejor que otro
argentino. A su modo, Alfonsín, Menem, De la Rúa y Duhalde
respetaron ese precepto.
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Los Kirchner, en cambio, parecen haber vuelto a
la extrema polarización. Sin más violencia que la verbal, lo que
es un logro, pero impidiendo cualquier forma de negociación o
acuerdo. Como se ha dicho tantas veces, los inspira un ethos
setentista. En ese punto son infieles al último Perón y al
espíritu, no a la letra, de la democracia. Como los ideólogos de
la JP de los años 70, enuncian desde la latitud de la discordia
eterna. Desde el lugar trágico donde se excluye al "otro".
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La sociedad argentina ya no quiere ese texto. Ni
en el gobierno ni en la oposición. Rechaza las peleas, los
personalismos y las profecías catastróficas. Por eso, los
dirigentes que encarnan tales actitudes están perdidos. El ocaso
del estilo querellante abre la puerta al porvenir.
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Por último, pero no lo último: es urgente volver
a la historia. Habrá que trazar una nueva frontera que ponga al
país dentro del sistema mundial, entendiendo que el capitalismo,
aun con todas sus fallas, es, hasta nuevo aviso, el modo
realista de progresar.


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No. 447 10 de
marzo de 210
(*) “Evidencias”
Es una publicación mensual entregada en propias manos y vía e-
mail diariamente cada vez que la realidad se imponga con
urgencia. Pretende facilitar elementos de juicio para que cada
lector saque sus consecuencias. Difundirá datos, y cifras e
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suscriptores.
EDITOR: Luis Pico Estrada