El juez
Sergio Gabriel Torres ha dispuesto
mi procesamiento en una causa digna de
un cuento de Franz Kafka. Supongo que
debió sentirse muy presionado por Diana
Conti y Carlos Kunkel, los miembros
activos del Consejo de la Magistratura,
para decidir como lo hizo.
El
8/11/79 sufrí un atentado terrorista,
del que salí con vida por milagro. Era
yo entonces secretario de Hacienda y el
auto oficial me había ido a buscar a mi
domicilio, en la calle Amenábar 1024;
dobló por Zabala y al cruzar Cabildo una
camioneta le interceptó el paso, y
empezaron a dispararnos. Primero fueron
dos balas de «energa», de las cuales una
impactó el radiador del auto (que quedó
al rojo vivo) y la otra, un automóvil
estacionado. La bala de «energa» (de
unos 10 cm de ancho y unos 20 cm de
largo) genera mil grados cuando explota.
Si una de las dos hubiera impactado el
parabrisas, al que apuntaron, yo habría
quedado reducido a cenizas en un
instante. Luego me tiraron unos cien
tiros de FAL. Me salvé por estar
acostado boca abajo en el piso. Mi
chofer y el agente de policía que nos
acompañaba sólo sufrieron heridas.
Tuvieron mucha suerte.
Posteriormente este grupo de terroristas
(montoneros) fue capturado por las
Fuerzas Armadas, según me contó el
general de división José Montes. Muchos
años después, un miembro de esa
organización, preso en la ESMA, me
denuncia por haber estado allí viendo a
mis atacantes, encapuchados, engrillados
y con signos visibles de haber sido
torturados. Esto es absolutamente falso.
Es más: quienes estaban a cargo de la
ESMA jamás me hubieran mostrado a presos
en tales condiciones. En esa época había
un alto muro (como el de Berlín) entre
militares y civiles, y no nos informaban
sobre la guerra contra el terrorismo.
Ahora
me acusan de encubrimiento. Dicen que un
funcionario público tiene la obligación
de denunciar delitos de los que tuviera
conocimiento. Pero esto se refiere sólo
a delitos dentro del ámbito de su
competencia; en mi caso se trataría de
los que se hubieran producido en el
ámbito de la Secretaría de Hacienda. La
ESMA no formaba parte de la dicha
secretaría de Estado.
Me
procesan por un hecho que no existió,
dando crédito a la expresión de un
miembro de una asociación ilícita
dedicada a matar y secuestrar personas
llamada Montoneros, e interpretan en
forma indebida y absurda (y sin un solo
antecedente en este sentido) una norma
legal sobre responsabilidad de
funcionarios que toman conocimiento de
delitos. Y para colmo el delito que se
me imputa es considerado de hecho de
lesa humanidad, o sea que en 30 años no
prescribió.
De víctima pasé a ser culpable de la
suerte de quienes trataron de matarme. ¡Increíble!
Juan
Alemann
L.E.
4.041.307