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Carta a un Periodista Español*

Sobre las Inversiones Españolas en Cuba

Octubre 18, 1999

Don Federico Jiménez Losantos
Sección Opinión, Periódico ABC
Calle Juan Ignacio Luca de Tena No. 7
28027, Madrid
España.

Estimado Don Federico:

Quizá fuera útil reflexionar más sobre las relaciones entre España y Cuba. Ya lleva años el gobierno español alentando inversiones y firmando contratos con el régimen de Fidel Castro. Son acuerdos viciados, pues hay fuerza sobre los cubanos, a quienes se pretende representar, hay falta de legitimidad en Fidel Castro, quien usurpa esa representación –los opresores no representan a los oprimidos-, y hay inversionistas españoles, y lor que los alientan, interesados en mantener tales despropósitos.

Tiempo más o menos, el pueblo cubano recobrará su libertad. Llegado ese día, no sólo rechazará estar obligado por compromisos que hizo su opresor y verdugo, sino que además señalará daños atribuibles a los asociados en las depredaciones. Se inciarán entonces procedimientos, jurídicos y políticos, para resarcir al pueblo cubano de daños y perjuicios. Empresarios que medran gracias al martirio que sufre Cuba, dirán en ese momento que se atacan intereses españoles. Serán mendaces mañana como son innobles hoy. Querrán escudarse, medrosos, en el pueblo español, los que hoy cabalgan, soberbios, sobre su gobierno.

La controversia que originará, en su día, esa cuestión, contaminará las relaciones que entonces tengan España y Cuba. El pueblo cubano sabrá distinguir entre esos pocos españoles aprovechados, de quienes todo lo separa, y el pueblo español, a quien tanto lo une. Cuba, superada esta etapa infamante de su historia, emprenderá su reconstrucción. Empresarios cubanos en Estados Unidos, libres, pero parte y carne del pueblo hoy cautivo, serán factor en ese renacer. Es de suponer que se asocien con empresarios norteamericanos, cuyo gobierno ha tenido la sagacidad de mantenerse alejado de Castro. Bajo acusación implacable y sujetos a reclamaciones, en el mejor de los casos, o expulsados del país, estarán los inversionistas españoles, por inescrupulosos, y por miopía política de sus gobernantes. Han creado una mala sangre de dimensión multinacional. Sin su torpeza, eso nunca hubiera sucedido. Han cerrado un camino que siempre hubiera estado abierto para la que en Cuba se llamaba madre patria. Ahora están allí, es cierto, pero sólo por ser aliados del tirano más sanguinario y corrupto que ha conocido América.

¿Necesita España que esos empresarios acudan a Cuba, a fin de aprovecharse del trabajo esclavo y del órden brutal que impone la tiranía? ¿Son tales las ganancias de Sol-Meliá que de ellas depende la supervivencia del reino? ¿No es más el dinero que,según denuncias constantes de sus propios periodistas, se ha robado al erario español durante años? ¿No son más los caudales extorsionados por ETA a los vascos, pueblo noble, trabajador, infortunado, su libertad rehén del terrorismo? ¿No se preguntarán los españoles si es que no hay instituciones, ni hidalguía, ni principios, ni coraje, para recobrar lo que se ha expoliado a su pueblo? ¿No renegarán de que su gobierno, para allegar dineros, haga alianzas con un déspota, se convierta en su cómplice, contribuyendo a la agonía del pueblo cubano?

Algunos han hablado de que España,.por experiencia exitosa, puede ser ejemplo en la transición de régimen autoritario a democracia plena. Corresponde a los españoles el estudio de su trayecto político y, cuando proceda, dictaminar sobre el mismo. Y eso no excluye el interés académico que sus hechos despíerten en otras latitudes. Pero cuando en España se sugiere a otros pueblos que se siga su ejemplo, entonces los instados a imitar están en la obligación, y el derecho, de ponderar lo sugerido. Y nos referimos a Cuba. De inicio, lo obvio: los casos son tan disímiles que tratar de aplicar soluciones de uno al otro es empresa más que difícil, utópica. Pero aun de no existir ese obstáculo insalvable, otras consideraciones indican que, no obstante sus aciertos, el costo de la transición española ha sido tan alto, y sus daños de tan largo alcance, que es reacción sensata rechazar de plano la idea de imitarla.  Para ilustrar lo dicho baste señalar, entre tantas otras, dos áreas –educación y justicia- en que lo perdido concierne no sólo a los españoles de hoy sino también a las generaciones que los sucederán.

Citemos primero algo que ni advierten las mayorías populares ni lo pueden justipreciar –el atropello hecho a la juventud, al haberse destruído sus planes de estudio, al suprimirse las humanidades. Se ha limitado irremediablemente el desarrollo intelectual de millones de hombres y mujeres jovenes, menguando su juicio y proyecto. Además,  se daña el número incontable de los aún no nacidos, que verán la luz en país que tendrá poca. Tanto más imperdonable cuanto que han sido muchas las voces que han protestado contra ese asalto a las posibilidades humanas. Pero es que ha caído sobre los gobernantes españoles el dicterio bíblico, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen.

En cuanto al Estado, en la transición española se ha politizado, a ciencia y conciencia, el poder judicial. Se ha minado el convencimiento público de que la justicia es igual para todos, y que puede servir de salvaguardia ante las faltas o excesos legislativos y ejecutivos, o sus desfases. Y por supuesto, con ese proceder tiene que tocar fondo la confianza ciudadana en  las instituciones públicas. Se lee la prensa española y se tiene la impresión de que los jueces son inculpados, y condenados, no cuando son corruptos sino cuando son honestos. Colectivos judiciales han declarado que necesitan recibir más remuneración, a fin de garantizar su independencia. El mensaje es en sí pavoroso, no requiere comentario. El peor cáncer social, la indiferencia, ha hecho metástasis en la ley, columna vertebral del estado. Parece que se extenderá en el tiempo, requerirá cirujano y bisturí.

Si la transición, con 24 años en el poder, ha renunciado a que la jsuticia impere, a que el Estado busque el tesoro que pueda estar en la mente de cada hombre y mujer joven, entonces ¿a qué imitarla? ¿O es que darles empleo y mayores ingresos, de persistir esos logros, compensa el limitarlos como persona y menoscabarlos ante los tribunales? ¿O  es que el voto cautivo y patear pelotas es la versión española del pan y circo de la antigua Roma? ¿Es ésa la opinión que del pueblo tiene la transición, es eso lo que quiere para su país? ¿Y sugieren que se les imite?

Fidel Castro ha ocasionado luto y destrucción, además de en España, en todas y cada una de las naciones latinoamericanas, cuyos presidentes son  citados ahora a La Habana por el gobierno español. Hasta el colapso de la Unión Soviética, Fidel Castro adiestró en Cuba miles de inconformes , que se enviaban de vuelta a sus países después de haberlos ilusionado con la idea de que tomarían el poder por las armas. Hizo esfuerzo máximo en el Cono Sur. De los movimientos que actuaron en Argentina –recuérdese la provincia de Tucumán, y hubo más- fueron incontables los entrenados en Cuba. En Chile,  en planes del Gobierno para subvertir el Estado, se reclutaron y armaron desde Cuba fuerzas internacionales de miles de hombres y mujeres, entre ellos una gran cantidad de españoles. En Uruguay, los Tupamaros, en estrecho vínculo con  Castro, casi hicieron ingobernable el país. Y también en Bolivia, Colombia, Perú, Venezuela, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, donde las campañas insurgentes, variadas en intensidad y duración, se extendieron por décadas. En todos esos países queda activismo, guerra irregular en algunos.

¿Y España? ¿No se entrenaron en Cuba miembros de ETA durante años? ¿No los veían los habaneros en los barrios en que vivían? ¿Han evaluado los españoles la destrucción y luto ocasionados por los entrenados en Cuba por Fidel Castro? ¿Y Estados Unidos? ¿No pasaron cientos de sus jóvenes por Cuba, durante los años de la guerra de Vietnam, para después crear desórdenes y motines, como en el caso notable de “la semana del odio”, en Chicago? ¿No fue Fidel Castro, hace ya muchos años, promotor de la alianza entre las guerrillas y el narcotráfico en Colombia, desde donde fluye la droga hacia Estados Unidos?  ¿Y el gobierno español negocia y hace alianza con el que ha traficado en tantos flagelos? ¿Y el gobierno español lo ensalza al aceptarlo como anfitrión, más, al pedir a todos los gobernantes iberoamericanos que lo acepten como igual, que sean sus interlocutores en la proyectada cumbre en La Habana?

Se ha usado mucho la frase “transición pacífica en Cuba”. La expresión deviene cuestionable cuando, en la práctica, se mandan funcionarios y empresarios a la nación cautiva en busca de más lucro, a invertir y asociarse con Castro que, a tiempo que vende trabajo esclavo a los inversionistas extranjeros, acosa, persigue, encarcela, golpea y mata a los cubanos que lo denuncian, sin que ninguno sepa cual de esas alternativas le tocará en suerte.

Los representantes del gobierno español que van a Cuha, visitan a los disidentes, expresan su preocupación por los derechos humanos, recomiendan la economía de mercado, y solicitan liberación de presos políticos, que a veces se les concede. ¿No se podrá entender todo eso como abalorios refinados que se entregan a los cubanos de hoy, a cambio del oro que proporciona Castro? Lo que hacen y dicen esos funcionarios lo acompañan con la cantilena de “transición pacífica en Cuba”, que traducida a buen romance quiere decir: “Haya órden ahora y después, necesitamos tranquilidad para obtener y gozar ganancias. El dinero es tangible, la libertad es un concepto. Tened paciencia, algún día Castro morirá”.

No hace aún cuatro meses, en ocasión de la Cumbre Iberoamericana-Unión Europea, de fines de Junio, celebrada en Río de Janeiro, el presidente del gobierno español, según información aparecida posteriormente en prensa suramericana, realizó labores de cabildeo, tratando de que asistieran a la proyectada reunión en La Habana, en Noviembre, los jefes de estado renuentes a acudir, no sólo por la naturaleza del régimen de Castro, ya de por sí razón suficiente, sino porque, además, ha incumplido acuerdos que ha firmado, de cumbres anteriores. De celebrarse la reunión iberoamericana en Cuba, las hemerotecas pudieran proveer fundamento adicional a los futuros pleitos contra el gobierno español.

Hace un mes, en Septiembre, se dio a la publicidad un extenso documento, escrito por presbíteros de las diócesis de Santiago de Cuba, Holguín, Bayamo-Manzanillo y Guantánamo. En el mismo – exponente veraz de la realidad cubana- se refieren, entre muchos otros temas, a las consecuencias de la vida continua y prolongada bajo un régimen totalitario, al síndrome de indefensión aprendida o “no se puede hacer nada” y a “la desesperanza inducida”. Dicen que “el más perfecto estado de indefensión es aquel que conlleva la renuncia al intento mismo del cambio”. Denuncian la contradicción esencial de “Diálogo Nacional” como solución, cuando el Estado lo ha negado repetidamente en hechos y Derecho. Califican de cuando menos preocupante, el silencio de la Iglesia ante las nuevas leyes represivas y la suerte corrida por los cuatro disidentes autores del manifiesto “La Patria es de todos”. Esos presbíteros han sabido superar la “desesperanza inducida”, el “no se puede hacer nada”. Al igual que ellos, hay hombres y mujeres en Cuba, su número es creciente, que logran remontar la realidad aplastante. Saben que ése es el camino. Que el gobierno español provea escenario y oropel políticos al hombre que acogota a Cuba , es añadidura a la realidad triste que hay que superar. Los religiosos quizá recuerden aquello de que los que siembran entre lágrimas, cantando cosecharán.

Hay escotomas psicológicos, defensas de la mente ante lo que se quiere rechazar. El humano se resiste a percibir lo que lo anonada. No es que no vea, es que el costo de ver haría insolvente su razón. Un heresiarca, ideado por Borges, declara que la cópula y los espejos son abominables, porque multiplican el número de los hombres. ¿Imaginamos lo que ha visto, y destilado, para hablar así? ¿Se debe sentir tal horror ante los humanos? Es necesario aguantar firmes las riendas propias para no ceder a esos sentimientos. Pero lo que se hace con Cuba, y la duplicidad del gobierno español en el caso cubano, nos pone a prueba.

El proyecto de celebrar una cumbre iberoamericana en La Habana en el mes de Noviembre, con Fidel Castro de anfitrión, es epítome de todo lo negativo que se ha hecho en la península con respecto a Cuba en los últimos años, y heraldo de todas las dificultades que vendrán en las relaciones oficiales entre Cuba y España cuando los cubanos sean libres, si es que esas relaciones se mantienen.

Sería meritorio, avisado, trabajar desde ahora para que, cuando Cuba sea libre, las relaciones entre cubanos y españoles puedan alcanzar la fraternidad que llegó a lograrse en tiempos anteriores a Castro.

Soy de Vd.,  

Dr. Emilio-Adolfo Rivero
Presidente
New Cuba Coalition, Coalición Cuba Nueva

*Don Federico Jiménez Losantos, conocido periodista español, ha colaborado en distintas publicaciones, entre ellas los periódicos ABC y El Mundo.  Se ha manifestado a favor de la libertad del pueblo cubano y en contra del régimen de Castro. Ha pronunciado conferencias en Miami, Fl.


 
   

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