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"NO PODEMOS PEDIR PERAS AL OLMO"

Por Ernesto Díaz Rodríguez
Secretario General de Alpha 66
 



En Cuba, como en el resto de los países civilizados, siempre ha habido personas que han dejado huellas maravillosas para orgullo de toda la nación. Se destacaron por su sabiduría, como el Dr. Carlos J. Finlay, descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla, el mosquito Aedes Aegypti. Otros, como el General Antonio Maceo, por su extraordinario valor, su intransigencia revolucionaria y su patriotismo. José Martí, por la magia de su pensamiento, su trascendental obra literaria y, por encima de todo, por su amor a la patria y su entrega total a la causa de la independencia de Cuba. Hubo, inclusive, celebridades que se hicieron parte indispensable de nuestra historia por su talento en el arte y en la buena música, donde obligadamente tendríamos que mencionar al maestro Ernesto Lecuona y a la "Guarachera de Cuba", nuestra inolvidable Celia Cruz. Otros, también nacidos en Cuba, por desgracia, se han destacado en sentido contrario: por su ausencia de ética, por su servilismo en función de un sometimiento irreflexivo a cambio de míseras migajas, de mendrugos de sal y de cenizas, a un tirano grotesco y envilecido en todos los sentidos. A esta prolífica especie de tarados mentales quiero dedicar mis comentarios de hoy.

Hay un viejo refrán que dice: "No podemos pedir peras al olmo", y efectivamente, no es mucho lo que puede esperarse de determinadas personas que en su actitud ante circunstancias de opresión como las que ha venido padeciendo por  más de cuatro décadas el pueblo de Cuba, demuestran tener un coeficiente de inteligencia con algunos niveles por debajo del de la rana o el cangrejo. Me refiero a los lacayos de Castro, ese anciano dictador que lamentablemente está a punto de morírsenos sin que hayamos podido lograr pasarle la cuenta. No arrastrándolo de la cola de un caballo, por más que lo tenga merecido, porque somos personas civilizadas y luchamos por un sistema de genuina justicia, y porque ese sería tal vez un final glorioso para él, que ha vivido y obrado en función de acaparar los más espectaculares cintillos  de la prensa. Me refiero a los lacayos de Castro, repito; a los tontos útiles (o inútiles); a los que en 1959 comenzaron gritando paredón y todavía, 46 años más tarde, aún no se han cansado de gritar la misma repugnante consigna. ¿Contra  quién?: contra cualquiera, incluyendo su hermano, su padre o un hijo, porque los de espíritu débil necesitan tener quien los agite, quien los manipule, quien cabalgue sobre ellos y les clave la espuela, y los haga rebuznar en su condición de improvisados burros.

Hace pocas semanas, como siempre que se siente acorralado, el tirano acudió a su vieja práctica de contraatacar a la indefensa oposición, lanzando sobre ellos a una turba nauseabunda, pertenecientes a las llamadas "brigadas de respuesta rápida", se presume. Toda una gama de famélicas ratas, capaces de envalentonarse sólo cuando atacan en manada como el lobo salvaje. Días más tarde, se apiñaron para incomunicar dentro de sus humildes hogares a destacados líderes de la oposición, entre ellos a la luchadora Anaika Paneca y a dos de los autores del conocido documento "La Patria es de todos", la economista Marta Beatriz Roque Cabello y el ex-piloto de la fuerza aérea de Castro, Vladimiro Roca Antúnez. Ambos emblemáticas figuras de la disidencia interna que se enfrenta en Cuba al régimen opresor.

Pero ahí han quedado los rostros y los gestos obscenos  de la chusma castrista atrapados en las cintas de los camarógrafos, quienes no tardaron en hacer que estas grotescas imágenes recorrieran el mundo. Ahí están para cuando les llegue el momento de rendirles cuenta a la historia, de enterrar toda esa euforia triunfalista e impunidad represiva y echar a andar con la cabeza gacha, arrastrando el estigma de cobardes y de malos cubanos. Porque no va a haber aviones para todos, ni sotanas generosas  que cobijen a todos, los que han actuado con ese exceso de vileza que los acerca tanto a las bestias, deambularán sin rumbo ni destino por las calles de su pueblo cargando sobre sus espaldas, por toda la vida, el peso de la desverguenza y el desprecio, quizás,  de su propia conciencia.

La libertad de Cuba es una realidad palpable. La revolución de Fidel Castro es un espantapájaros hundiéndose en un pantano, ya con el lodo al cuello. Un muñeco de harapos incoloros cayendo en espirales hacia la nada, porque el mito se desintegró. Sólo queda la cáscara podrida de esa fruta envenenada con que por mucho tiempo se pretendió alimentar a otros incautos de  América Latina. Todo es cuestión de tiempo. Un tiempo que dependerá de las circunstancias y de nosotros mismos, los cubanos que luchamos por la libertad sin esperar por nadie ni pedir permiso, porque la libertad es obligación de todos, pero también es derecho de todos.   

No me preocupa  ni deseo la incorporación de los tontos oportunistas. Ni la creo esencial para alcanzar el triunfo. Aunque siempre ha de haber un espacio para el arrepentimiento, reconozco, si es sincero. Sin embargo, hay una frase del novelista ruso Chigiz Aitmatov que a menudo recuerdo y la valoro por la fuerza de su transparencia: "Sería inútil intentar demostrar a un burro que es un burro".
 

 

 
   

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