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JUSTICIA
Por Ernesto Díaz Rodríguez
Secretario General ALPHA 66
El pasado 9
de diciembre, en la oficina central de ALPHA 66, bajo el título "Los tribunales
de derecho en la Cuba del futuro y el derecho como sanción", el Dr. José Sánchez
Boudy impartió una magistral conferencia. Tal como era de esperarse, su
exposición fue maravillosa. Una razón más que como cubanos nos llena de orgullo,
porque nos revitalizó el sentimiento de amor hacia esa mágica Isla donde están
nuestras raíces y que el Dr. Sánchez Boudy con refinada sensibilidad y
patriotismo, la señala como "La Cuba Eterna".
Esta mañana, recordando los puntos esenciales en torno a la problemática en la
que se centró la conferencia, me pregunté una vez más: Como fórmula para
restañar las heridas en la búsqueda de la reconciliación de la familia cubana…,
¿debemos olvidarnos simplemente de los horrendos crímenes cometidos por los
verdugos al servicio de la tiranía? ¿Pudiéramos considerar adecuada la
controversial política de "borrón y cuenta nueva?"
Desde las perspectivas de quienes defienden la teoría leninista de que "los
medios justifican el fin", este tipo de solución parece ser aceptable. De la
misma forma que al parecer para muchos era oportuno aplaudir toda la porquería
que evacuaba de su enfermiza mente el Comandante en Jefe, incluyendo la
abolición de la Navidad, el derecho a ser libre, la celebración de elecciones
pluripartidistas, el de la libertad de prensa y el de poseer propiedades; el
derecho a tener la posibilidad de elegir un empleo sobre la base de la vocación
de la persona y a sus capacidades para realizarlo. Para algunos, inclusive,
resultaba aceptable la humillación; resultaba aceptable que se pisotearan no
sólo sus derechos sino su propia dignidad.
Para quienes por encima de los intereses personales ha de anteponerse el deber
de la conciencia, la respuesta a esa vacilante estrategia al estilo avestruz
debe ser un rotundo ¡NO! Cuando llegue el momento de la liberación no solamente
será necesario llevar a los criminales ante la justicia para que se les apliquen
las sanciones correspondientes, con todas las garantías procesales, desde luego,
pero también con todo el rigor que requiera la gravedad de los crímenes
cometidos. Debemos ser cuidadosos los bien intencionados. Difundir un mensaje en
sentido contrario no solamente es una promesa irresponsable -y falsa-, sino que
el resultado puede ser negativo porque les da confianza a los asesinos y los
estimula a continuar cometiendo atropellos y crímenes.
Independientemente de lo que pudiera significar para las personas el peso de la
conciencia en su conducta ética y moral, si para aplicar una política "humanista"
o de "reconciliación nacional" a los asaltantes de bancos se les premiara con el
perdón irreflexivo, el incremento de esos asaltos se multiplicase cada día,
porque es más fácil tomar el dinero a montones de una bóveda bancaria, que ganar
un salario como médica, albañil, conductor de autobuses o sepulturero. Por eso
hay que hacerles saber a los depredadores de la libertad, a los torturadores y a
quienes arrancan vidas para satisfacer sus apetencias de odio o servir a un
tirano, que no habrá contemplaciones con ellos en una Cuba liberada.
Y quede claro, muy claro, que no se trata de que aprobemos el abominable método
de la venganza. No, la venganza no tiene cabida en las sociedades civilizadas y
la reprochamos con la misma vehemencia con que reprochamos ese otro extremo de
la injusticia, simbolizada en la irrestricta tolerancia y la sutil
insensibilidad ante el dolor ajeno y el derecho de las víctimas, inclusive, a no
ser vilmente asesinadas.
El equilibrio del amor, el perdón, la comprensión y el de la propia vida humana
no han de estar representados por una cuerda floja, sino por una balanza bien
equilibrada. Ese es el limbo tangible que nos indica de qué lado está el
crepúsculo y dónde los destellos del alba; cual es el camino que debemos tomar
para el inevitable tránsito entre espinas y flores en ese largo viaje que
iniciamos hace ya muchos años hacia una Cuba futura, próspera y feliz. Impartir
una verdadera justicia no es placer ni consuelo. Se trata, simplemente, de una
necesidad aleccionadora e histórica. . |
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