|
|
|
.
AZUL
Emilio Adolfo Rivero
La Habana,
Principios de 1954.
En el pequeño salón en forma de anfiteatro, situado encima del quirófano, había
más estudiantes y médicos que de costumbre. Yo había tomado asiento en la
primera fila y mis brazos se apoyaban en la baranda frente a mí. Miré a través
del cristal. En la mesa de operaciones, directamente bajo la partición, había un
niño. Enseguida lo reconocí. En ese momento Armando Franco estaba colocando una
aguja en el brazo del niño. Cuando miró hacia arriba y me vió abrió mucho los
ojos, como diciéndome: "¡Que caso!" .
Visitaba el hospital casi a diario para hacer contacto con Armando. Pasando por
una de las salas había conocido a aquel niño, e hice un hábito el ir a verlo. Al
principio las enfermeras pensaron que era un familiar, pero más tarde
comprendieron. En realidad él era el favorito de todos.Y ya yo era para él una
cara conocida, alguien que le hablaba y a veces le llevaba caramelos.
Tendría, imagino, unos tres o cuatro años. Sus crespos rubios le llegaban a los
hombros. Sus padres, siguiendo una costumbre cubana, habían hecho la promesa de
no cortarle el pelo hasta que sanara. La perfección de su rostro llamaba la
atención. Alguien ha dicho que la irregularidad es el rasgo característico de la
belleza. En aquel niño la irregularidad estaba dada por el tono azuloso de su
cutis. Padecía de lo que se llamaba "mal azul", que en él era resultado de una
válvula cardiaca defectuosa. Y en aquel hospital, el Ortopédico, tenían la sala
cardiovascular donde atendían y operaban ese tipo de casos.
Aparentemente los cirujanos habían decidido tenerlo en el hospital por unas
semanas antes de la operación, a fin de hacerle toda clase de pruebas y ponerlo
en estado físico óptimo antes de la intervenirlo.
En el salón, las cinco o seis hileras de asientos se habían llenado. Nadie
pronunció una palabra durante la operación. Aparte de que todos seguíamos con
atención la destreza del cirujano, aquel niño se había convertido en importante
para todos. Aparentemente no era yo el único que se había interesado en él.
Tenía que ser. ¿A qué hombre no le hubiera gustado ser padre de aquel niño?¿Qué
mujer no hubiera anhelado llamar hijo a aquel cautivador?
Al fin concluyó la operación, y aplicaron vendajes al pecho del niño. De pronto
se miraron unos a otros. Dos o tres miembros del equipo quirúrgico, que ya se
habían alejado de la mesa de operaciones, volvieron a ella. El cirujano,
retirando los vendajes, aplicó el estetóscopo varias veces al área que acababa
de descubrir. Quitándoselo, aplicó su oído derecho sobre el pecho del niño.
Entonces tomó unas tijeras y cortó los puntos que había colocado poco antes.
Abriendo el pecho, empezó a dar masaje manual a aquel pequeño corazón.
En ese momento Armando miró hacia arriba. Yo me había llevado las manos a la
cabeza, mi respiración se hacía difícil. Armando movió la cabeza hacia los lados
dos o tres veces, como diciéndome "¡no!".
Entonces todo terminó. Cuando finalmente el cirujano se quito la máscara, empezó
a hablarle a los que estaban en el salón y se rió repetidamente. Nadie más reía.
Las enfermeras limpiaron el cadaver, lo cubrieron con una sábana verde y lo
sacaron del salón en la camilla rodante. Yo miraba todo como en un trance.
Abandoné mi asiento y dejé el salón. Me sentía roto, vacío, ausente, me dolía
cada célula del cuerpo.
Más tarde me dijeron que el padre del niño, que era un soldado, un “guardia
rural”, habia venido desde el campo para estar con su esposa durante la
operación. Cuando le dijeron que el niño había muerto, de pronto desenfundó el
revolver y, ya a punto de dispararle al cirujano, otros hombres se abalanzaron
sobre él, lo desarmaron, y lo sacaron del hospital.
Cuando estábamos en el café le dije a Armando: “¡Ese cirujano es un bestia!
¿Cómo
es posible que se haya empezado a reír al ver que el niño habia muerto? “No,
no”, replicó Armando, “es un excelente ser humano. Simplemente estaba abrumado.
Los nervios lo traicionaron. Eso sucede a veces con los cirujanos”.
“Y oye”, continuó, “la próxima vez, contrólate. Si la gente en el quirófano
hubieran visto lo alterado que estabas, no les hubiera gustado”.
Cuando me marchaba, Armando me gritó: “¡Rivero, no te olvides de llamar a Mario!
¡Quiere que salgan con las muchachas!.” Se referia a Mario Massip, un compañero
conspirador. Las muchachas eran dos subametralladoras, Johnson y Mendoza, con
las que estabamos entrenando a grupos clandestinos de la ̈Triple A”.
. |
|
|