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En
este próximo aniversario del nacimiento de José Martí también se
cumplirá el aniversario 30 de la fundación del Comité Cubano pro
Derechos Humanos, la primera organización disidente y de la que se
derivó el vasto movimiento de oposición que actualmente existe en la
isla. Desde su fundación en 1976, el CCPDH tuvo una posición muy
definida frente a Fidel Castro y al comunismo. No era una posición
fácil. A mediados de los años 70, la URSS
parecía hallarse en el apogeo de su poder. El triunfo del Vietcong
en 1975 había puesto a toda Indochina del lado sinosoviético. Los
Acuerdos de Helsinki de 1975 parecían consolidar la división de
Europa. Tropas cubanas con ayuda soviética intervenían en la guerra
civil de Angola, convirtiendo el país en un satélite de la URSS. Una
junta militar (Derg) había tomado el poder en Etiopía. Dos años
después, tropas cubanas combatirían contra el ejército somalí en la
provincia etíope de Ogaden para convertir a Etiopía en otro satélite
soviético. A través de Cuba, la URSS conseguía una fuerte base
operativa en Africa. El comunismo parecía una fuerza incontenible.
Muchos intelectuales adoptaban la teoría de la convergencia en el
convencimiento de que el socialismo era una tendencia mundial
inevitable.
Nuestro movimiento de derechos humanos surgió como
una iniciativa estrictamente cubana que durante bastante tiempo
careció prácticamente de toda simpatía o solidaridad en el exterior.
A todo el mundo le costaba trabajo creer que ese abierto desafío al
régimen no fuera sino una astuta provocación. Poco a poco, sin
embargo, la obstinación suicida de Ricardo Bofill fue convenciendo a
unos pocos simpatizantes de la importancia de utilizar el tema de
los derechos humanos como un arma de lucha contra la dictadura
totalitaria de Fidel Castro.
Aunque fue un proceso inspirado mucho más en la
efectividad práctica que en consideraciones teóricas, los que
iniciamos este movimiento nos fuimos dando cuenta, poco a poco, de
la profundidad del concepto de los derechos humanos. El nazifascismo,
decíamos, consideraba que había segmentos completos de la sociedad
--los judíos-- que eran profundamente hostiles a la nación y que
debían ser exterminados, inclusive físicamente. A los judíos, por
consiguiente, no se les podían reconocer derechos. Los comunistas,
por su parte, consideraban que los propietarios de los medios de
producción (la burguesía, los empresarios) explotaban a los
trabajadores, generando de esa forma la pobreza, el delito, la
prostitución y todos los males sociales. Si se acabara con los
propietarios privados, inclusive físicamente de ser necesario, no
habría explotadores ni explotados y se acabarían los males sociales.
Pero, por supuesto, se empezaba negándoles sus derechos a los
grandes propietarios y se terminaba negándoselos a los que tenían un
puesto de fritas. Ni nazis ni comunistas podían reconocer los
derechos inalienables de todos los seres humanos.
En términos ideológicos y culturales, lo que hizo
nuestro movimiento fue rescatar la idea de los derechos individuales
inalienables. Estas ideas son el fundamento mismo de la civilización
occidental y sus raíces están en Grecia, Roma y nuestra herencia
judeocristiana. Estas ideas de los derechos de cada individuo --independientemente
de raza, clase, origen nacional o creencia religiosa-- estuvieron
bajo duro ataque en el siglo XX y lo siguen estando hoy, porque
algunos llamados ''progresistas'' pretenden darles preferencia a los
derechos tribales de ciertos grupos.
La
dictadura cubana tiene que reconocer los derechos humanos
formalmente, porque Cuba es signataria de la Declaración de los
Derechos Humanos de 1948 y resultaría políticamente suicida
denunciarlos. Los mínimos ''derechos'' que se les conceden
ocasionalmente a los opositores, sin embargo, no son derechos, sino
renuentes concesiones de una dictadura temerosa de la condena de la
opinión pública internacional, del aislamiento político que eso
conlleva y de la posibilidad de que eso facilite tomar medidas en su
contra. Es en ese mínimo espacio político, en esa fisura,
como decía nuestro inolvidable Reynaldo Bragado, que empezamos una
nueva etapa en el enfrentamiento contra la dictadura. Fuimos
herederos del presidio histórico, de los primeros héroes y mártires
que se enfrentaron contra el totalitarismo y entre los que se
encuentra mi propio hermano, Emilio Adolfo Rivero.
Los grupos que han mantenido y desarrollado esa
lucha en Cuba, los valientes compañeros de Gustavo Arcos, Marta
Beatriz, Vladimiro, Payá, Elizardo, Elías Biscet, Héctor Palacios y
tantos otros, ahora tienen, al menos, la certidumbre de que sus
ideas han triunfado, de que enfrentan un poder podrido hasta la
médula y de que el futuro les pertenece. Esto no es estímulo para
los débiles. Pero, en definitiva, los débiles nunca han hecho
historia.
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El Nuevo
Herald
Posted on
Fri, Jan. 27, 2006 |